Por: Rafa
Los sueños se hacían cada vez más frecuentes, no era fácil omitirlos, ¡había un error en las profecías!, él lo sabía y tenía que hacer algo. ¿Pero quién lo ayudaría? La verdad era tan difícil de entender y cualquiera que no estuviera preparado se negaría a aceptarla, pero su visión había cambiado, había tenido una revelación que se repetía constantemente en sus sueños; sabía cuál era su destino, la llama no debería solo mantenerse, debería transformarse, debería mutar y solo aquellos que conocen los secretos del cambio podrían ayudarlo. El tiempo apremiaba, sus hermanos ya había partido llevando los pergaminos y él tendría que recorrer una gran distancia para encontrar a los guerreros que lo ayudarían; el mandato era claro: solo en el norte hallaría la ayuda que necesitaba.
A medio mundo de distancia, piedras y huesos rodaban por la antigua superficie de obsidiana. La manufactura de la mesa era exquisita, los enanos la habían tallado y sus más poderosos brujos habían grabado las runas, pero no era la fina artesanía lo que atraía a Mordred el rugiente, era la extraña formación de sucesos que vendrían. Él era uno de los sirvientes de Tzeentch, podía controlar los vientos de la magia y podía ver los hilos del destino, pero aquello era insólito, jamás una conjunción de eventos similares había sido vista. Sin embargo el camino era claro, la única solución era el cambio o si no vendría el olvido y para ello tenía que ayudar a aquel patético humano. Perdido en sus cavilaciones Mordred percibió la llegada de Lord Lokter, favorito de Tzeentch, era imperativo que se reuniera el ejército, si las runas estaban en lo correcto no había tiempo de reunir una gran cantidad de tropas, solo los caballeros de la Torre de Hierro y algunos jinetes bárbaros podrían llegar a tiempo. Era una fuerza pequeña, pero las runas le habían revelado que se encontrarían con otra fuerza, aunque la visión era extraña, una combinación de la runa de la realeza, la runa del invierno y la bestia. Era una conjunción misteriosa y no había tiempo para descifrar los caminos de Tzeentch.
El aire olía extraño, podía sentir la gran tormenta y al viento que rugía en los que eran sus dominios. En esta temporada los humanos no se aventuraban tan al norte. Su mente se enfocaba en intentar descubrir que era, ¿viajeros o algún guerrero que viniera por él? La segunda opción le gustaba, hacía tiempo que nadie iba a cazarlo y la carne de noble es mejor que la de campesino. Estaba seguro que procedía del sur. Avanzó con algunos de sus guardaespaldas, no por que necesitara ayuda, sino para demostrar su poderío ante sus servidores; su olfato lo llevó a través de la fría tundra hasta un pequeño promontorio de nieve, el humano pasaría justo en frente, sólo era cuestión de esperar. La nieve lo cubrió junto a sus secuaces, cualquiera creería que se trataban de estatuas de algún olvidado santuario a los dioses oscuros. Pasado un tiempo lo divisó, no parecía un pomposo noble humano, ni un cazador y menos un viajero, y se acercaba cada vez más. Vio que carecía de armadura pero que llevaba terciado a la espalda un mayal, era fornido, tal vez un bárbaro perdido. Ya no importaba, lanzando un grito se lanzó sobre el humano, este se quedó quieto y gritó algo, pero el viento hacía imposible oírlo. Justo cuando la gran maza que llevaba en la mano iba a destrozarlo, lo olisqueó, el influjo del caos, la marca de los dioses oscuros; no era un paladín del norte, era un mensajero de los dioses del caos. Detuvo su ataque y esperó. El humano gritaba algo de una llama y de la destrucción del mundo, no le importó, no estaba seguro pero tenía que hacer algo y el humano era parte de eso.
Habían llegado justo a tiempo, ya entendía el significado de todo, ya las runas tenían sentido. Junto al humano que los guiaría estaba el troll mas imponente del norte, Trogg rey de los trolls y señor de un ejército de abominaciones. Con un simple conjuro disolvió la tormenta, su señor se encontraba con él, juntos habían volado en sus discos buscando el sitio exacto de la reunión. Tzeentch estaba con ellos, el humano vivía y una de las más poderosas criaturas del norte había sido guiada hasta ellos. Solo faltaba llegar hasta el lugar de la batalla, pero tenía el presentimiento que el ojo de Tzeentch los observaba y el siempre proveía.
Trogg alzó la cabeza, la tormenta se había disuelto y dos figuras descendían del cielo en discos voladores, también se oía el retumbar de cascos, algunos caballeros fuertemente armados y una docena de exploradores. Sus guardaespaldas rugieron en señal de desafío y alzaron sus garras y martillos; no, esta no era la voluntad de los dioses, había algo más. Soltó un rugido, que acallo a sus compañeros y detuvo a las dos figuras.
-Poderosos señores-. Dijo el humano. - Las visiones me han traído hasta vuestros dominios, el camino hacia la transformación del mundo nos aguarda, la victoria esta en las faldas de un volcán de tierras lejanas-. Ante estas palabras los tres héroes rugieron sus alabanzas a los dioses oscuros, la hora de la batalla había llegado. El tiempo del cambio se acercaba, el favor de Tzeentch estaba en juego, el llamado había sido hecho.
El Señor del Cambio miró en las líneas del destino, miles de finales desfilaron ante él; algunos inclinaban la balanza hacia los grandes poderes del caos, otros mostraban una victoria de las razas mortales. La mejor opción era enviar a sus heraldos, dos paladines marcados con su sello y al troll, que no eran más que marionetas en su eterno juego de poder. Si la victoria los favorecía serian recompensados, si eran derrotados, habría otros peones con los que reemplazarlos, pero una victoria sería interesante y más si lograban cambiar la naturaleza de la flama. Ellos contaban con su favor y como tal los ayudaría, por lo menos mientras fuera interesante.
El destello se fue materializando poco a poco, la figura poseía todos los colores del espectro, estos cambiaban, se fundían y se retorcían en peculiar danza, rostros burlones aparecían entre los pliegues de los ropajes. Con una venia y un gesto, la figura abrió un portal ante los paladines mortales, el humano y el troll, esta era la muestra del favor de su señor. Al otro lado se veía un puerto humano, el comienzo del camino hacia la Llama. Una vez la pequeña fuerza hubo atravesado el portal éste se fue cerrando lentamente.
La Cambiante esbozo una sonrisa, esta no era la única fuerza de los dioses del caos que avanzaba hacia el volcán.