La Profecía de Dyeser
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El Sacerdote Kefrén sabía lo que esto significaba. Había leído la profecía de Dyeser hacia mucho tiempo pero aun la recordaba, después de todo, su trabajo era recitar y recitar letanías de memoria. Este tenía que ser el emisario, este tenía que ser el guía del que hablaba Dyeser y esta era la oportunidad que estaba esperando su rey, Rakaph II, desde que estaba en su lecho de muerte. Siempre quiso sobrepasar a Settra, siempre quiso ser mas grande, y cuando todos los reyes se levantaron y con ellos el rey inmortal, sabía que el duelo se daría; él tendría que luchar con Settra.
Había que apropiarse de este guía, había que hacerlo servir a Rakaph el Segundo y él sabía como, él era un sacerdote y sabía como podría volver a este emisario un fiel servidor de su rey. Subió lentamente la mirada de la carta al emisario, este sucio humano, flaco, quemado por el sol, deshidratado pero con esa mirada de locura como la que había descrito Dyeser; asintió con la cabeza y comenzó a caminar hacia la esfinge, agitó su mano para indicarle al humano que lo siguiera. La puerta estaba custodiada por dos esqueletos con una ligera armadura y un gran escudo, el sacerdote pronunció unas palabras en la antigua lengua de la ciudad, muerta hace tanto como sus habitantes. Los guardias abrieron el paso y dejaron pasar a Kefrén y al humano.
Dentro de la esfinge era mas fresco el clima, las frías pierdas y la sombra daban un descanso al humano. Caminaron por pasadizos mientras Kefrén desactivaba trampas para que el humano pasara; finalmente llegaron a una sala no muy grande, pero llena de estatuas pequeñas, frascos, esqueletos, adornos, y mucho más, algunos escarabajos se movían por el piso, parecían reales pero a la vez, cuando se movían, parecían animados por algo mas. Kefrén buscó entre los frascos que tenía en un estante, todos tenían diferentes inscripciones en el antiguo idioma, cogió uno pequeño y se lo ofreció al humano. Este un poco desconfiado lo olio, miro al interior y dudó por un momento, pero finalmente lo aceptó, lo volvió a oler y a mirar y finalmente tomó todo el contenido. Una llama brilló alrededor del humano, sin duda una protección mágica, pero ya era muy tarde, tan solo tres segundos después cayó al piso. Ahora tenía que comenzar con los canticos y los bálsamos, los encantamientos y el ritual.
Al pronunciar la última palabra el cuerpo se movió, las manos se cerraron y salió un brillo verdusco bajo la mascara. Todo había salido bien, el ritual estaba completo, el emisario ahora serviría al Rey Rakaph el Segundo y así conseguirían la ventaja sobre Settra. Ahora era momento de levantar a su señor y al resto de su ejército, un gran viaje se avecinaba y había mucho por hacer.


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Gracias por sus comentarios! Un flagelante ya ha sido despachado para enseñarle el camino a los calabozos.